Genaro, el carbonero

Buscando una historia de vida el trabajo me llevó a Genaro. El olor a madera ardiendo marcó el rumbo hasta la casa, enclavada en una pequeña comunidad del kilómetro 13 de la carretera a Viñales. En mi mente, ataba los hilos de una entrevista que de seguro iba a disfrutar, pero se enredaron en un nudo cuando lo conocí.
En la sala no alcanzaron los taburetes, eran apenas tres, pero tampoco hicieron falta, escucharlo era más importante.
Genaro conoce al detalle los pasos para construir un horno de carbón – yo los hago hace 20 años- lo cual me hace suponer que tiene menos edad de la que aparenta.
Foto/ Yadira Barrios
Cual café recién colado su conversación resultó amena, amigable… Viendo su frente surcada por el sudor, olvidé los problemas con mi salario, el trabajo y hasta el turno de edición.
Todo en la casa olía a carbón, hasta las paredes tomaron esa tonalidad gris, testigo de tantos años junto a los hornos – en cuanto termino con uno, comienzo a montar el siguiente en el mismo lugar-. Cada saco vale nueve pesos en moneda nacional y con los 35 que rinde un horno no es suficiente para el sustento de los dos niños y la esposa.
Foto/ Yadira Barrios
-Pudiera buscar otro oficio pero hacer carbón es lo que me gusta- nos dice, ríe e intento comprenderlo, la felicidad no tiene para todos dimensiones iguales.
Genaro ya no recuerda la última vez que usó zapatos, las callosidades en sus pies le prohíben aguantarlos, y aunque por dos ocasiones ha tenido el turno médico en sus manos, el ciclo productivo se lo impide, el carbón no espera.
Y así, auxiliándose de dos bastones donados por uno de esos árboles que tala cada semana, se sube al horno, le tapa la boca con paja y tierra y nos dice: ¡ya casi termina!
Foto/ Yadira Barrios
 


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